VIAJE EN METRO

Por Domingo, mayo 3, 2015 0 Permalink 2

     Tuvo que bajar de dos en dos las escaleras para poder coger el metro. Porque tenía que ser ése, el anterior le obligaba a esperar en el bar mientras abría Carlos la oficina, si lo perdía, el próximo le obligaría a tener que correr para evitar ser la última en fichar el inicio de jornada.

Solo eran 300 metros de distancia desde la parada pero, entre los niños entrando en el colegio, la doble fila de los coches de los padres en la avenida y los comerciantes del mercado descargando la mercancía, aquel tramo se convertía algunos días en una auténtica carrera de obstáculos.

Así que no podía perder ese metro, aunque hoy le había costado mucho más que de costumbre levantarse. Solo había podido conciliar el sueño a ratos. No era fácil liberarse de todos los pensamientos que le originaban las preocupaciones que, no por ser rutinarias, evitan vivir épocas donde hasta elegir qué hacer de comer se convierte en un problema generador de angustia.

Hacía semanas que la abstemia primaveral le había conquistado y eso que llevaba sin parar de llover nueve días, ya no recordaba la luz del sol-

-Tal vez es cosa del tiempo, se excusaba así misma cuando se sentía tan melancólica como una adolescente enamorada.

Suspiró al entrar en el vagón, en realidad no empezaba mal el día. Esos últimos pasos ligeros le habían permitido cumplir su primer objetivo rutinario. Se sentó 2 metros más para allá que de costumbre, su sitio habitual hoy estaba ocupado, aunque se ubicó como todos los días en el lado izquierdo del tercer vagón.

No le gustó estar tan alejada de sus asiduos compañeros de viaje. Esos veinte minutos en metro cada día, todos los días laborables a la misma hora, permitía crear ciertos lazos de cordialidad con algunos rostros.

    Allí estaban los dos chavales con sus amplias mochilas, no tendrían más de 14-15 años, pero los percibía buenos chicos, siempre viajaban de pie en la entrada ubicada entre el segundo y el tercer vagón. Cuando ella se incorporaba al trayecto los dos estudiantes ya estaban allí y aunque algunos asientos venían libres, raramente se sentaban. Sin duda, les gustaba ir agarrados a la barra central.

El tono de sus voces hacia partícipes de sus crónicas futbolísticas de los lunes, la química de los martes o las novedades de esos juegos extraños de consola con los que reían mientras miraban la Tablet. Se apeaban una parada anterior a la de ella, muchas veces hasta la recibían con un buenos días, los mismos que ella les repetía cuando dejaban el transporte.

Mucho más incómoda se sentía cuando cruzaba la vista con aquel tipo de amplio abrigo con apariencia de cuarentón interesante y que desprendía un cierto aire de misterio y seducción, que a ella le atraía especialmente.

Una noche de esas que el subconsciente te envía a otros lugares en extraños mundos junto a personas poco conocidas y sensaciones jamás vividas y difícilmente imaginadas con grado óptimo de consciencia, había soñado con él.

Estaban uno frente al otro en una especie de extraño bosque, muy pegado al mar pero frondoso, ella se recordaba menuda y él, que en realidad no era muy alto, la contemplaba ensimismado mientras de la mano la arrastraba hacía sí. Parecían cómplices de algo, pero se despertó cuando casi se juntaban sus labios para besarse.

Así que no imaginaba cómo sería el sabor de sus besos, pero se recuerda sonrojada cuando al día siguiente de ese sueño, cuando coincidieron como de costumbre en el metro y se cruzaron sus miradas, él le sonrió.

Desde entonces ladeaba la cabeza en forma de saludo cada mañana, aunque jamás se habían intercambiado ni tan siquiera dos palabras.

Sin embargo, desde que había fantaseado con él o junto a él, se ruborizaba cada mañana. A veces, olvidaba su presencia ensimismada en sus pensamientos o en la lectura pero otros días, sentía ese cosquilleo de la emoción en la boca del estómago al acercarse el momento de encontrarse con él.

Imaginaba que debía de trabajar en algo importante porque el abrió era impecable, la barba siempre impoluta, el cabello perfectamente peinado, su imagen era propia de un elegante jefazo.

Subía una parada después que ella y seguía su viaje cuando ella se apeaba, así que, no podía adivinar exactamente cuál era su destino, pero tenía que trabajar en algo importante seguro. Uno no se cuidad tanto cada día si no tiene una agenda laboral repleta de reuniones, entrevistas, etc.

A ella también le pasaba. Desde que la ascendieron al departamento de proyectos, cada día pensaba qué modelito debía lucir cuando antes simplemente, abría el armario y se vestía. No iba nunca como un adefesio pero ahora cuidaba mucho más la imagen.

Para vender hay que entrar por los ojos no solo el producto sino también quien lo porta” repetía constantemente el veterano director de la agencia.

Dejó al apuesto caballero y buscó entre el resto de viajeros a esa mujer de mediana edad que durante todo el trayecto era incapaz de alzar la mirada del teléfono móvil. Ella creía que en realidad jugaba con él, una adicción como le pasó a la Villalobos en el congreso, ¿jugaría también al Candy Crush? O era ¿Frozen?.

Hoy sin embargo, desde este nuevo asiento no escuchaba la música melódica de la jovencita estudiante que, con su bolso en bandolera y aquellos grandes cascos en una cara tan menuda, amenizaba la mañana prácticamente a todo viajero que no padeciera de sordera.

A ella a veces le gustaba adivinar qué música le acompañaría hoy, ¿sería Bisbal, Pablo Alborán, Alejandro Sanz?, cada semana era un cd distinto de eso sí se había percatado, aunque siempre el tipo de melodía era similar. AL menos, no comenzaba la jornada a ritmo discotequero y eso, también era de agradecer.

Tras otear la perspectiva matinal abrió el bolso, ¡vaya! Había salido con tanta prisa esta mañana que olvidó el ebook en la cocina. Claro, ahora lo recordaba, al salir rápido lo había dejado junto a la pila y el vaso de café. ¡Qué rabia!, estaba tan enganchada a aquella historia.

Suspiró y miró alrededor una vez más, a veces la mejor historia es la que escribe la cotidianeidad y los perfectos protagonistas los rostros habituales. ¿Acaso no es la vida el principal escenario para imaginar los mejores argumentos?

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