SONRISAS PLÁCIDAS, RECUERDOS ETERNOS

Por Domingo, julio 12, 2015 0 Permalink 0

        Desde aquella posición su perspectiva era reducida. Los rayos de sol se asomaban tímidamente por la ventana, el espacio diáfano era amplio, pero la cama muy estrecha y la visión limitada. Color sobrio en las paredes, la pantalla gris de un aparato de televisión que rompía la sobriedad de una lisa pared, al girar el rostro a la derecha veía las puertas de un diminuto armario donde nada había que colgar pero donde, el día de la vuelta a la vida rutinaria, encontraría el mejor de los vestidos. Hacia la izquierda más pared vacía. “Incluir alguna foto de paisaje relajante no estaría mal”, pensaba cuando perdía sus pensamientos mirando al frente.

         Los sonidos eran leves, aunque los ruidos continuos. Una puerta cerrada, pasos por el pasillo, algún tacón que caminaba desubicado entre tanto silencio y… voces. Diversas, roncas, aflautadas, no pero casi siempre susurradas y lejanas, muy lejanas.

      Solo las conversaciones de los familiares, intrascendentes en estas situaciones, pero enormemente saludables, rompían los ruidos. Casi tanto como esos besos reparadores en la frente mientras permanecía tumbada. Posar los labios sobre el frontal es una de las señas más grandes de cariño, no en vano es éste el gesto de las madres para comprobar si los bebes tienen elevada la temperatura corporal.

      Sobre aquel estrecho lecho menguaba un dolor, surgía una nueva incomodidad y pasaban las horas, Siempre en compañía, familia, amigos, cariño, ternura y mimos. Nunca le gustó ser protagonista y hoy, postrada en esa cama, todo y todos giraban a su alrededor.

     Sin embargo, a veces no podía evitar sentir que algo estaba perdiendo esos días. La intervención no era grave, pero su cuerpo no iba a ser el mismo, no iba estar completo. Algo se había quedado allí para siempre y era inevitable ese vacío que, en algún instante, recorría más su mente que su cuerpo.

      Por eso, la placidez que sentía rodeada del cariño emitido por la gente de su entorno durante todo el día y noche. le amortiguaba la inquietud que le alteraba, muchos ratos, las emociones al cerrar los ojos y encontrarse con esos negativos sentimientos.

      La llegada de las enfermeras con la medicación le recordaba dónde estaba y sobre todo, el motivo que le había llevado allí. Intentaban sonreír, complacer,  ayudar, emitir ellas también calma, confianza, pero solo algunas lo conseguían. Porque su presencia llegaba en el momento oportuno o, simplemente, porque a veces hay casualidades y conexiones que crecen inesperadamente.

      Con aquella enfermera pasó algo así. La sonrisa de Ana siempre era terapéutica y amortiguaba el dolor físico y psíquico que, a ratos, sentía en primer plano. Creía recordar su voz cuando tras la intervención y todavía en duermevela, llegó a la habitación. Además, su saludable saludo y sus palabras cariñosas, Ana las trasladaba a los acompañantes de la enferma, cansados de una inquieta noche o una larga mañana y, en general, nerviosos por la impotencia que, a veces, provoca no poder aliviar a quien quieres cuando lo ves indefenso.

      Le gustaba también recibir al médico. Don Francisco llegaba muy temprano, en un horario en el que solo recordaba estar despierta durante las jornadas de trabajo. Aparecía con un potente saludo y una palabra cariñosa, “¿qué tal la chica?. Y a ella, muy poco partidaria de las frases de cariñitos, ese “chica” le sonaba a proximidad y a mimo, eso que parece ser tanto iba a necesitar para recuperar el orden físico, pero, sobretodo moral, las primeras semanas de convalecencia.

      Don Francisco encontraba argumento a cualquier inquietud de la paciente, cualquier extraño dolor o sensación que a ella le había preocupado desde su anterior visita y eso la tranquilizaba. “Entiende mi extraño cuerpo”, pensaba tumbada sobre la cama. Y eso rompía anhelos, le creaba sosiego y daba fuerzas.

      Como todo pasa, aquella estancia hospitalaria también pasó. En el momento de partir de aquel hospital se llevaba para siempre como placentero recuerdo esos dos rostros y esos pequeños gestos de Ana y el doctor, tal vez imperceptibles detalles que para ella serían siempre grandes, enormes, plenos de ternura, bondad….Porque, a veces, la sonrisa emitida y los detalles livianos son más reparadores que una excelente profesionalidad. Porque, a veces, los gestos menudos pero humanos son los que hacen grandes a las personas y eternos los buenos recuerdos… incluso en los menos buenos momentos.

GRACIAS A ANA Y AL DR. FRANCISCO PARDO

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