EL PESO DE UNA VIDA

Por Jueves, diciembre 10, 2015 0 Permalink 0

     Sentado en su sofá rodeado de cojines contemplaba a los nietos y biznietos. Le gustaba el bullicio que provoca una casa llena de gente, ir de una a otra estancia, escuchar unos instantes aquella conversación, ver cómo jugaban allí los más pequeños, contemplar la cocina repleta de viandas. Cuatro generaciones de una familia, su familia.

       Pero hoy, su mirada era cansada. Todavía disponía de una sorprendente energía que no asomaba el cansancio de nueve décadas de vida, su voz continuaba potente, su salud no estaba resquebrajada, pero sus ojos hoy desprendían fatiga.

      La algarabía era grande aquel día en la vieja casona. Las mujeres recogían los restos de la copiosa comida, los hombres discutían sobre aquel penalti que finalmente no había pitado el árbitro en el partido de Copa que, casualmente, disputaban esa tarde Barça y Madrid y que a punto estuvo de aplazar la celebración si la parte femenina de la familia no se hubiera impuesto en ese empeño para no cambiar la fecha de la fiesta de cumpleaños del abuelo.

      Y el abuelo, aficionado a los toros y a otros mundos, continuaba inmerso en sus pensamientos, sus recuerdos…y sus fantasías.

     Su afición a inventar historias había crecido las últimas décadas, por eso, los nietos nunca sabían si fue cierta aquella visita a Japón que él relataba, o si alguna vez realmente había deambulado por el continente americano. La imaginación del abuelo, a veces, volaba en exceso y sus anécdotas se habían convertido en relatos plagados de secuencias jamás vividas, ¿o quizás sí?

     Desde la serenidad de la vejez contemplaba el ajetreo que aquella jornada se extendía por toda la casa, la misma en la que hace más de medio siglo nacieron los dos hijos pequeños. Los dos mayores vieron su primera luz en el pueblo donde la familia tenía sus raíces. Una pequeña villa en el valle entre dos montañas desde las que el abuelo siempre decía, se estaba cerca del cielo, aunque desde allí también se contemplaba el mar. En la cima de una de esas montañas reposaban, desde hacía casi dos décadas, las cenizas de su esposa María.

     Durante más de medio siglo compartieron un matrimonio formado por dos seres distintos que solo permanecieron enamorados los primeros años de convivencia, pero que se repartieron vida, cariño y afecto hasta que la parca se llevó tras una penosa larga enfermedad a su compañera después de cinco décadas juntos.

      Un tiempo compartido que el abuelo evitaba recordar, aunque hay cosas que ni con el paso del tiempo se olvidan. Él que siempre se jactaba de su fortaleza, había encontrado en el silencio la forma de mitigar el dolor de las ausencias de amigos, familiares, vecinos. Hace tiempo que decidió disfrutar únicamente de la plenitud de la presencia de sus descendientes, principalmente de esa cuarta generación que representaban sus seis biznietos. Esos pequeños seres para los que la ancianidad del abuelo era un factor que le ofrecía la ternura que algunos de sus hijos nunca llegaron a sentir.

     No era el viejo patriarca un hombre que escenificara sus afectos, le gustaba callar y observar. A veces, una sonrisa era su cariñoso gesto cómplice. Solo alguna vez le gustaba apretar los mofletes de forma cariñosa a su nieta mayor, sin duda, su preferida y hoy madre de dos bebes gemelos, uno de ellos, curiosamente, con rasgos similares a los del bisabuelo.

      Ese hombre que, desde hacía años vivía con intensidad el argumento de cualquier serie televisiva de la que rápidamente se hacía adicto. A través de este medio el abuelo sentía con mayor cercanía las aventuras y quehaceres de este o aquel personaje que la cotidianeidad de muchos de sus descendientes, familiares o amigos.

      Sin embargo, pocos sabían que, en la soledad de su habitación, muchas noches, cuando todos imaginaban al abuelo profundamente dormido, él maldecía sentirse tan débil e impotente ante las variadas preocupaciones que rodeaban a sus seres más queridos.

     Él, que siempre había bebido la vida a tragos, ahora sentía que su cuerpo solo le permitía tomar sorbos. Él, que soportaba tempestades de fuertes huracanes, ahora se tambaleaba con un soplo de viento. Él, que gustaba de la algarabía, buscaba ahora la soledad.

     Pero el abuelo exhalaba fuerza con cada bocanada de aire que entraba en su cuerpo para amanecer cada día con nuevos bríos, nuevo espíritu, jovialidad, ilusión porque el sol volvía a estar en lo alto.

Aquel día, había sido largo, estaba siendo largo. Por eso, entre tanto alboroto y cuando lo que asomaba por el horizonte era la luna, el abuelo se retiró a una esquina del porche donde una suave brisa le ofrecía la mano mientras acariciaba sus mejillas.

      Allí, con el sonido de fondo de diferentes voces, los ruidos que llegaban desde la cocina, las voces de la televisión, la algarabía de los menudos de la familia, etc. etc. etc. el abuelo cerró los ojos para respirar, sentir y vivir…seguir viviendo un poco más, un rato más, un día más….porque la vida siempre es la suma de momentos que convierten en sublime detalles, sonidos, amor, emoción….compañía….aún con el paso del tiempo.

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