AUSENCIAS

Por Domingo, julio 19, 2015 0 Permalink 0

       Aquel largo silencio en el momento del adiós no presagiaba nada bueno. Se había acostumbrado a sus desconcertantes idas y venidas, sus épocas de presencia permanente y sus ausencias inesperadas y largas. Pero esta vez, algo le hacía temer que aquella desaparición iba a ser diferente.

       Se despidieron de forma pausada. Durante las primeras semanas el contacto telefónico fue fluido, hasta que ella tuvo que iniciar el viaje por el corazón de África. Se conocían desde pequeñas, durante la edad adolescente se convirtieron en inseparables. No eran, no obstante, amigas “al uso”, cada una mantenía su independencia emocional, no compartían gustos musicales o aficiones en exceso. Marta era deportista, aventurera, solidaria, atrevida, descarada, siempre con un carácter pizpireta que la convertía en la líder de todas las reuniones. Blanca, por el contrario, era apocada, excesivamente discreta, tranquila y tan conservadora en costumbres, como clásica en sus ropajes.

       Marta y Blanca eran tan diferentes que casi nadie entendía esa deslumbrante amistad. Se conocieron  como vecinas del barrio marinero donde Marta tenía forjadas las raíces familiares y Blanca había recalado tras el sorprendente matrimonio de sus padres, un médico joven viudo con un niño y una joven hija de familia adinerada, que no aceptó aquel amor entre el médico del pueblo que los visitaba dos veces por semana y la niña educada para conseguir un marido que asentara la reputación de una familia burguesa venida a menos tras la apertura social del país los últimos años de una dictadura que, social y económicamente, había marcado a ambas familias.

     Con la complicidad que ofrece las horas de juegos infantiles en la calle, el descubrimiento a la vida y las aventuras adolescentes de dos jóvenes atractivas, Marta y Blanca forjaron una amistad que iba más allá de confesiones absurdas de amigas, cuchicheos entre susurros o comportamientos infantiles en el abrir a la época adulta. Aquella estima era franca, honesta y verdadera. Ni tan siquiera cuando despertaron, casi al unísono al amor, encontraron trabas a aquella inefable relación.

     Como era de esperar, tantas horas de convivencia y entorno compartido las llevó a enamorarse  del mismo chico. A Marta le atraía su aspecto físico. Siempre práctica, aquellos enormes ojos azules la seducían inevitablemente y no podía evitar el sonrojo cuando la gente la descubría ensimismada contemplando cada movimiento, palabra o gesto de Pablo.

     Blanca era más serena. Tal vez, como ella también disponía de una mirada azul cristalina, no quedó cautivada del despampanante Pablo por su físico. A ella le gustaba escuchar las aventuras que inventaba continuamente, su sabiduría siempre curiosa y esos largos monólogos donde, alternaba el argumento de un discurso político, con la flama del enojo social por ésta o aquella acción que era necesario reivindicar.

     Pablo se percató pronto que aquellas dos jóvenes bebían lo vientos por él. Ambas le caían simpáticas, e incluso alguna vez había imaginado cómo sería sentirlas como pareja por separado y en las más íntimas fantasías hasta de forma conjunta.

     Los tres compartían los cerca de 45 minutos de trayecto de tranvía entre el barrio y la universidad. Criados en el mismo entorno junto al mar, no fue hasta la última época estudiantil cuando coincidieron sus caminos. Tuvo que ser en esa etapa, donde las hormonas viven en permanente estado de alteración, cuando se enlazaron sus senderos. Sin embargo, los ratos compartidos en el viejo tranvía fueron mitigando aquel apasionado y secreto amor de las chicas por el apuesto galán para abrir paso a una nueva relación que convirtió a los tres vecinos en  entrañables compañeros antes de pasar a ser amigos casi insaparables.

     En ocasiones, Pablo todavía se mofaba irónicamente de las chicas, consciente que ambas habían soñado con encerrarse entre sus brazos alguna vez. Ellas, que cada día lo veían rodeado de lozanas muchachas dispuestas a hincarle cuanto menos el diente, fueron aceptando que, en el fondo, era más bonito lo que ellos tres tenían que una noche de lujuria. Así la pasión que las cosquilleaba desde la boca del estómago a todos los rincones de sus cuerpos en la época adolescente al encontrarse con Pablo en la parada del tranvía, se convirtió en un amor casi fraternal. Los tres formaban la pandilla más envidiada del barrio y de la universidad. Sus trabajos en grupo merecían la admiración de todo el profesorado, sus fiestas eran las más divertidas y hasta sus conversaciones conseguían atraer al resto de compañeros. Aquella estrecha relación forjó un excelente equipo.

       Por ello, al finalizar los estudios, aquel equipo se unió en una especie de asociación empresarial. Con la locuacidad y encanto de Pablo, la laboriosidad de Blanca y la capacidad de trabajo de Marta, constituyeron PABLAMART, una empresa de publicidad que comenzó su andadura con pequeñas campañas ingeniosas entre los comercios del barrio que habitaban para saltar, casi de forma inesperada, a la gestión de grandes cuentas y alguna que otra multinacional.

       La vida personal, no obstante, desgranó la intimidad grupal del equipo de amigos y compañeros. Pablo comenzó a viajar como relaciones públicas de la entidad y, tras años con un amor en cada puerto, decidió sentar la cabeza y pasar por vicaría. Su mujer tenía una belleza impresionante, pero sabía capitalizar sus recursos naturales en placer y a los dos años de casados, justo cuando él ya soñaba en formar una familia propia a pesar de los continuos titubeos de ella, descubrió que su esposa disponía de varios lechos donde disfrutar y, ni mucho menos, iba a abandonar aquellos placeres para criar a un niño.

     Pablo, realmente enamorado de su mujer, entró en cascada emocional tras el divorcio y solo al ir a compartir piso con sus amigas, volvió a recuperar la autoconfianza y la completa seguridad en sí mismo tras aquello que él consideró una traición de sentimientos.

       Marta y Blanca también vivieron sus aventuras amorosas. Blanca salió varios años con un periodista catalán al que conoció casi por casualidad en la presentación de una de sus campañas publicitarias estrellas, pero la distancia acabó marchitando un amor que se nutría de una permanente admiración. No excesivamente alto, poco empático y sin un físico cautivador, Juan era, no obstante, lo más parecido a un gentleman que ella había conocido. Los ratos compartidos eran momentos donde Blanca se convertía en la princesa de cuento que casi todas las mujeres sueñan con ser alguna vez en la vida. Él todo se lo consentía, mimaba, proponía y hasta conseguía. Así mantuvieron la relación cerca de tres años, hasta que un día Blanca se percató que, eso de ver colmados todos los caprichos le quita emoción a la vida, porque lo importante, es el esfuerzo en el camino y no tener la mesa completamente servida cada día, todos los días.

     Marta por su parte, no lograba acertar en el amor. Puede que en el fondo,  aquel amor adolescente por Pablo fuera su único contacto puro con ese sentimiento de cuatro letras. Era inevitable la atracción que despertaba entre el sexo masculino casi sin pretenderlo y no era necesario que se empeñara en mostrar su catálogo de seducción para asegurarse una victoria holgada en forma de conquista, para otras chicas, cuanto menos dificultosa.

     Sin embargo, y a pesar de que fueron muchos los romances, éstos no se extendían más allá de tres o cuatro citas. En cuanto tenía la presa a su merced, perdía el interés y ni emocional ni sexualmente su satisfacción era suficiente como para entablar un nuevo paso en ninguna de las relaciones que intentaba. Hasta que un día simplemente se cansó de buscar…o de esperar.

     Los tres compartían vivienda. Marta fue la primera en habitar aquel apartamento en el que Blanca llegaría meses después, también para acomodarse un espacio que le permitiera salir del entorno familiar, el mismo hogar en el que Pablo encontraría el refugio tras su separación matrimonial. Blanca estuvo a punto de alquilar un ático en el mismo edificio una época en que los ingresos laborales les permitían colmarse de caprichos, pero, entre los continuos viajes de Pablo y las ausencias de Marta, fue aplazando la idea hasta que un día descubrió que el piso ya tenía nuevos inquilinos.

     Marta llevaba tres años alternando el trabajo en la agencia con proyectos en los países del Tercer Mundo donde colaboraba con varias ONGs. Lo que comenzó como viajes esporádicos, se convirtieron en largas ausencias de 3-4 meses perdida en algún país de África o Asia donde pasaba semanas prácticamente incomunicada. Y así estaba cuando a Blanca le diagnosticaron aquella enfermedad. Intentó localizarla varias veces, pero estaba resultando complicada la búsqueda y ahora debía centrarse en la  intervención a la que necesitaba someterse con prontitud.

       Pablo anuló algún viaje para acompañarla aquellos días previos a la operación y ofrecerle compañía a ella  y aires de optimismo a sus padres que temían por la salud de su pequeña, quien siempre se había criado enclenque.

       Mientras tanto, Blanca afrontaba lo que iba a ser una pequeña mutilación de aquel órgano dañino en su cuerpo con largos momentos de escritura a Marta. Todo aquello que durante 30 años de amistad no había sido verbalizado, ahora brotaba ágilmente de su mente para quedar plasmada en decenas de páginas escritas.

       En aquellos folios Blanca recordaba anécdotas, evocaba momentos y revivía emociones. Los relatos se alternaban con descripciones de sentimientos de una amistad que, no podía ser adjetivada, porque no existía vocablo que la definiera. Una amistad ahora embargada en ausencia, silencio, olvido, fruto de aquel inoportuno viaje solidario de Marta.

     Blanca siempre aceptó que aquellas largas marchas eran la huida de su amiga de la realidad, Marta seguía buscando, y alejarse de su entorno era como refugiarse en el interior de una cueva en voluntaria soledad. Blanca conocía los anhelos de su amiga y notaba que era su forma de escapar no solo de los demás, sino también de ella misma. En aquellos refugios lejanos, Marta dejaba solo pequeños resquicios por los que colarse los sentimientos que la hacían feliz en la labor humanitaria que ejercía durante esas estancias en aquellos recónditos lugares.

     Pero, en ocasiones, jugar con las ausencias puede ser peligroso. Cuando te empeñas en olvidar, a veces corres el peligro de que sea a ti a quien te olviden. Y ahora, Blanca necesitaba sentir cobijos y no vacíos, rodearse de mimos y no de melancolías, impregnarse de calor y no de emociones frías, envolverse en quereres y no en dolores.

     Pero aquella honda ausencia estaba quebrando muchas cosas. Desde que se conocieron en aquella calle que sería escenario de sus infancias y adolescencias, Marta había crecido al cobijo de su amiga, se había asido tanto a su presencia, su compañía, sus consejos, sus opiniones y sus veredictos e incluso sus sentencias y sus riñas, que ahora que afrontaba en soledad aquella inesperada coyuntura y no podía más que sentirse frágil, débil, sola…más o menos lo que siempre había sentido, como siempre había sido cuando, ante un anhelo, había de tomar decisiones sin el apoyo de su amiga.

    Sin embargo, superado aquel quebranto que generó el silencio de la ausencia de su amiga, se descubrió refugiada en una placentera soledad. Porque a veces las cosas más bonitas de la vida se descubren en singular y cuando crees todo perdido.

     Blanca estuvo rodeada de gente y permanentemente acompañada durante aquella larga convalecencia que le dejaría como secuela un vacío interno y la incapacidad de gestar hijos.

     Sin embargo, serían muchas más los cambios psicológicos que aquella intervención quirúrgica sembrarían en ella. Blanca descubrió que su endeble aspecto escondía una fortaleza innata encorsetada entre la muleta que hizo de la presencia de Marta en su vida, y su miedo a dejar volar su voluntad, su imaginación, sus sueños y esos anhelos jamás confesados.

       Ahora, de repente, se atrevía a descubrir paisajes, encontrar lugares, manifestar opiniones, desenmascarar temores y pregonar emociones. La ausencia de Marta la obligó a cooger las riendas y diseñar una vida, su vida.

     Por eso, cuando Marta volvió de su periplo de cuatro meses como voluntaria en la última ONG donde había colaborado, se percató de que algo ya no era igual.  No faltaron las lágrimas de emoción, los besos y abrazos de bienvenida al encontrarse las dos amigas, ni las largas horas de conversación en la terraza. Los afectos continuaban invadiendo el mundo compartido creado entre los tres amigos, pero las miradas ya no eran cómplices, aquella ausencia se había llevado casi todo lo construido en tres décadas para estrenar una nueva amistad. Ni mejor ni peor, pero diferente porque ya nada era igual.

     A veces, las huidas se convierten en deserciones y el frío del silencio de un adiós no se deshiela con el fuego de un abrazo. Porque a veces, cuando siembras distancia cosechas olvido…aunque el olvido esté siempre lleno de emociones imborrables que niegan ausencias para convertirlas en diferentes, pero, permanentes presencias, porque nunca un afecto verdadero queda inerte en un solo recuerdo.

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